Lo plebeyo te recabió

  • Diego Valeriano

Resumen

Volverse visibles o permanecer ocultos es el dilema. Opinar, carburar toda la noche, agitarla, llamar a los canales, escribir en una revista, hacer un posteo, subir una historia de Instagram de cada mínimo acontecimiento. Ser panelistas de la propia vida. Consumir cultura subalterna, como fumar porro o escabiar solamente los sábados por la noche, como una especie de militancia necesaria, como acción para estar al día. Consumir para visibilizar como una tarea a realizar, como consigna, como remake del viejo y soberbio dar voz a los que no tienen voz. Puro berretín.

 Todo se expone en su obviedad, todo es excesivamente visible: lo plebeyo como tal, la cumbia como cumbia, las travas como travas, los intelectuales como intelectuales y el rock como todo llanto. La manija de la visibilidad es la que garpa. Visibilizar lo plebeyo como consumo, como artefactos que ingresan a los hogares, como lo que nos da  calma en medio de una vida que es horrible, como lo piola. Hablar, pensar, escribir sobre otros. Que todo entre en el régimen de la imagen, de los artefactos, de lo explicable, de lo que vale porque lo avalan. Incluir lo plebeyo como imagen en el sistema de lo evidente.

¿Visibles o invisibles? Seguir el itinerario de los guachos más allá del punto de partida. Ser uno más sin poder capturarlo, porque ya no se quiere y ya no se puede. Rajar, ser guachín, transa, sumergirse en lo invisible. Tirar rimas en el furgón y desaparecer en Haedo, pasar inadvertidas, robar como poetas a las viejas de Belgrano, escruchar y llevarse solamente flores, segundear con ternura a las amigas, tatuarse lágrimas en la mejilla para recordar a los que ya no están. Pintar en los monoblocks un mural en homenaje a Brian como punto máximo de un enfrentamiento a muerte.

 Volverse imperceptibles. Ideas que casi ni se esbozan para no ser manipuladas. Hacer por hacer, fabular el mundo entero sin salir de los pasillos, construir constelaciones de afectos en las aulas de escuelas con las cloacas detonadas, con las maestras agotadas. Acciones que no sean capturables ni se puedan poner en venta. Hacer algo dulce y transformador que no se haga mercancía.

¿Volverse invisibles? Construir estrategias de visibilización gedientas, ATR, anti ortiba, bien chetas. Mirar todo a través de un ojo perverso, peposo, atrevido, revulsivo. Un ojo que lo deforma todo, que lo desfonda todo. Que devuelve a la gilada como lo que es.

Ni visibles ni invisibles: manija en la exposición, expuestos desde el anonimato, traidores de lo esperado, bien turras. Deserción que se hace imagen, palabra y estribillo. Invisibilidad que invita a la pregunta sin respuesta, que deja una estela incomprensible. Lo plebeyo no se dice, no se nota, no se cuenta. Y no se sabe hasta que te explota en la cara porque ya te recabió.

 

Escapar de la escuela para tomar el tren, copar el furgón, aplaudir a cada uno de los que cantan por monedas. Fumar como grandes. Combinaciones infinitas para llegar al Bajo Flores, hacer todo para ganar tiempo, para ahorrar unos metros, para llegar antes a algún lado, para escapar después de un arrebato, para dejar atrás todo lo que duele, para crecer sin caretas. Invisibles, anónimas, fake para resistirse a la captura de la vitalidad, al choreo de lo que nuestros afectos pueden, para crear vida manija, para seguir haciendo mundo.

Ni cultura popular, ni oficial, ni nuevos enfoques, ni prácticas visibles, ni abordajes que están muertos antes de nacer, ni nada que comprender. Ni subjetividad diferenciada, ni folklore, ni esfera pública plebeya, ni arruina guacho, ni policías. Desertar, encapucharse, ir a fondo. Ser turro, rocha, guachín, runfla. Devenir encuentro, confrontación, máquina de guerra, acción invisible, anónimo. Devenir plebeya, ahre.

Publicado
2019-12-11