Tema Central

Solidaridad racial para la lucha colectiva. Los textos en prensa del intelectual afrouruguayo Isabelino José Gares[1]

María Elena Oliva
Universidad Academia de Humanismo Cristiano, Chile

Solidaridad racial para la lucha colectiva. Los textos en prensa del intelectual afrouruguayo Isabelino José Gares[1]

Claves. Revista de Historia, vol. 5, núm. 9, 2019

Universidad de la República

Recepción: 26 Septiembre 2019

Aprobación: 12 Noviembre 2019

Resumen: Isabelino José Gares (Montevideo, 1896-1940) es una de las destacadas figuras afrouruguayas de la primera mitad del siglo xx, quien ha sido reconocido principalmente por su teatro. Sin embargo, Gares en su corta trayectoria vital fue un ávido escritor que dejó un importante legado de columnas y ensayos breves divulgados, en su mayoría, en el periódico La Vanguardia (1928-1929) y la revista Nuestra Raza (1933-1948), proyectos editoriales en los que colaboró activamente. El conjunto de estos escritos configura la expresión de una labor intelectual que ha sido poco explorada, y el propósito de este artículo es analizar esta producción escrita a la luz de la organización social, cultural y política de los afrouruguayos durante los años treinta, de la que él fue un activo promotor.

Chile Universidad Academia de Humanismo Cristiano Chile 26 09 2019 12 11 2019

Palabras clave: Isabelino José Gares, intelectuales afrouruguayos, revista Nuestra Raza, La Vanguardia.

Abstract: Isabelino José Gares (Montevideo, 1896-1940) is one of the most prominent Afro-Uruguayans of the first half of the 20th century, primarily known for his work in theater. However, during his brief life, Gares was an avid writer who left an important legacy of columns and short essays, most of which were published in the periodical La Vanguardia (1928-1929) and the magazine Nuestra Raza (1933-1948), publications that benefitted from his active collaboration. As a whole, these texts form the expression of an intellectual project that has not been sufficiently explored. The objective of this article is to analyze this written production in light of the social, cultural, and political organization of Afro-Uruguayans during the 1930s, which Gares actively promoted.

Keywords: Isabelino José Gares, Afro-Uruguayan Intellectuals, Nuestra Raza, La Vanguardia.

Desde el último cuarto del siglo xix y durante la primera mitad del siglo xx, la intelectualidad negra/afrodescendiente[2] desarrolló ampliamente su actividad escritural en la América de habla hispana, pudiendo seguirle la pista a través de diversos registros escritos —poesía, narrativa, ensayos—, publicados de manera individual —libros— o en espacios colectivos de difusión —periódicos y revistas—. Aunque es posible encontrar previamente algunos casos[3], es solo en la vuelta del siglo xix al xx cuando su escritura comienza a ser más frecuente y sistemática, por una serie de razones. No solo la aprobación de leyes de imprenta, de leyes para la libre asociación y de leyes de acceso universal a la educación, por ejemplo, facilitaron los procesos escriturales, sino que también el cambio en las condiciones estructurales de los y las afrodescendientes, quienes en las zonas de habla hispana entraron al siglo xx como sujetos libres, oferentes de mano de obra y como miembros de los Estados nacionales de la región. Estas condiciones, que fueron ventajosas respecto a momentos históricos previos, fueron a su vez profundamente inciertas, ya que la libertad conseguida no fue necesariamente acompañada del reconocimiento y plena integración que la nación les había prometido. Esta deuda se transformó en uno de los principales discursos críticos que los intelectuales negros/afrodescendientes desplegaron en sus escritos.

Junto al discurso reivindicativo de su pertenencia a la nación, son relevantes y transversales dos discursos más en este período: el racial y el de los orígenes africanos. El discurso racial alude a una reflexión que tiene, al menos, dos importantes dimensiones entre los intelectuales. Por una parte, y sin desconocer la existencia de las razas, es un discurso que critica el orden jerárquico que supone y cuestiona la pretendida incivilidad del sujeto negro. Por otra parte, el discurso racial se dirige a sus conrazáneos,[4] es decir, a los demás miembros de la colectividad con el propósito de fomentar una conciencia racial reivindicadora de sus derechos. El discurso sobre los orígenes africanos, en tanto, se relaciona al reconocimiento y valoración positiva de África y su cultura, y se articula en tensión, no solo con el contexto de la época, sino también con las representaciones de lo africano que comenzaron a difundirse. Desde la Conferencia de Berlín en 1884 y 1885, África experimentó un proceso de colonialismo que fue acompañado de una prédica civilizatoria que reforzó las ideas de salvajismo y de exotismo que previamente se habían venido configurando, y con ello el racismo hacia los sujetos de «raza negra», con las cuales estos intelectuales establecieron importantes distancias críticas.

Con propuestas estéticas y políticas diversas, formaron parte de esta intelectualidad Nicolás Guillén (Cuba), Jorge Artel (Colombia), Juan Pablo Sojo (Venezuela), Pilar Barrios (Uruguay), Adalberto Ortiz (Ecuador), Juan René Betancourt (Cuba), Nelson Estupiñán Bass (Ecuador), Arnoldo Palacios (Colombia), Gustavo Urrutia (Cuba), Virginia Brindis de Salas (Uruguay), entre otras y otros, que tienen en común una producción escrita en la cual se reconocen como parte de un sector oprimido: los negros.[5] Desde ese lugar de enunciación, reivindicaron una identidad específica, reclamaron su pertenencia a la nación, a la vez que denunciaron el prejuicio y la exclusión racial de la que han sido objeto en sus propios países. Aunque no se vincularon entre ellos mediante un movimiento formal, sus escritos circularon en el continente y sus reflexiones tuvieron más de una sintonía.

En este contexto general, Uruguay destaca porque la intelectualidad negra/afrodescendiente fue robusta y fecunda en este período, tal como lo reconocen diversas investigaciones contemporáneas.[6] Fueron particularmente provechosos los años treinta y cuarenta, décadas en las que proliferaron muchos proyectos colectivos como periódicos y revistas (se pueden contabilizar al menos unos quince títulos entre 1872 y 1948), centros culturales y sociales (Casa de la Raza, Centro Uruguay, Centro Social 18 de Mayo, Asociación Cultural de la Raza Negra, Asociación Cultural y Social Uruguay, entre otras), además del único partico político negro del país, y uno de los cuatro conocidos durante el siglo xx en el continente.[7] Las mujeres también tuvieron un rol destacado: no solo contaron con la poeta Virginia Brindis de Salas, sino también con María Esperanza Barrios, impulsora y fundadora de la revista Nuestra Raza en su primera época (1917), espacio que más adelante aglutinó a un importante grupo de colaboradoras que se hicieron cargo de distintas secciones, como Iris Cabral y Maruja Pereira.

La reedición de Nuestra Raza en su segunda época (1933-1948) y la creación del Partido Autóctono Negro (PAN) (1936-1944) hicieron de los años treinta y parte de los cuarenta, como reflexiona Rodríguez, no solo los más prolíficos, sino también los más críticos y políticamente comprometidos.[8] Si, por un lado, a nivel mundial eran los años de las repercusiones de la gran crisis de 1929, del auge de los fascismos en Europa y de la invasión de Mussolini a Etiopía —que causó alto impacto y reflexión entre la intelectualidad negra/afrodescendiente en Uruguay y en América—, por otro lado, esta república oriental se enfrentaba a la dictadura de Terra en 1933, que rompe con el batllismo para instalar un gobierno de corte autoritario y conservador que disolvió el Parlamento, censuró a la prensa y mantuvo una fuerte oposición a la izquierda. Gabriel Terra fue elegido presidente para el período 1934-1938 por una Convención Nacional Constituyente —sin elecciones libres—, que aprobó una nueva Constitución en 1934, de carácter presidencialista, que se mantuvo operativa hasta 1941. En estas circunstancias, Nuestra Raza, el PAN y otras organizaciones, sobreviven a un escenario económico adverso y a un contexto político sumamente desfavorable para emprender cualquier espacio de reflexión y acción crítica, como también para desarrollar un discurso en torno a una identidad que tensionaba la idea de un Uruguay «blanco» y homogéneo.[9] Esto fue posible por la tenacidad y compromiso que mostró la intelectualidad negra/afro uruguaya, consciente de ser parte de un movimiento racial que estaba en ciernes, pero que luchaba por una causa justa. Carlos Cardoso Ferreira, colaborador de Nuestra Raza señala en una columna escrita en homenaje a Gares a un año de su muerte que «La obra difundida en libros, diarios y revistas, es valiosísimo antecedente para cuando se escriba la historia de nuestro movimiento reivindicador».[10]

Isabelino José Gares Pérez formó parte de este movimiento racial, aunque a la fecha sea más conocido por sus obras teatrales que por el discurso reivindicador que también mostró en su trabajo como escritor y periodista. Si bien en torno a su figura existen algunas imprecisiones, Jorge Bustamante, actual director de la Casa de la Cultura Afrouruguaya y genealogista, ha podido constatar que nació en Montevideo en 1896 y murió en la misma ciudad en 1940.[11] Gares comenzó a publicar tempranamente, en 1912 como lo señala en una entrevista,[12] y desde entonces no cesó de escribir columnas, publicar algunos poemas y cuentos breves, además de obras de teatro de las que se tiene conocimiento por los anuncios de sus estrenos, reestrenos y alta concurrencia en periódicos y revistas de la colectividad afrouruguaya. Como muchos otros intelectuales de la época, Gares fue un autodidacta y para sobrevivir trabajó como empleado público. Participó de diversas instancias organizativas: fue secretario de la Asociación Ansina, parte del directorio del periódico La Propaganda, director del periódico La Vanguardia junto a Salvador Beterbide, fue un activo colaborador de la revista Nuestra Raza, y miembro del PAN. Por su labor como escritor, ingresó en 1928 a la Sociedad Uruguaya de Autores, y en 1934 obtuvo el Primer Premio del Concurso Literario del Comité de la Juventud del Centenario, organizado en 1930, con el artículo «Contribución de la raza negra a la Democracia en América».[13] Murió tempranamente de una enfermedad que lo tuvo alejado de la escritura durante los dos últimos años de su vida.[14]

Como se señaló, Isabelino José es una referencia recurrente cuando se analiza el teatro afrouruguayo. Según Marvin Lewis, «Gares, se transformó en la figura dominante de la escena teatral afrouruguaya en su evolución temprana, y fue uno de los intelectuales más importantes de su tiempo».[15] Para Juanamaría Cordones-Cook, «Con la muerte de Gares, la actividad teatral negra había cesado», entregándole un lugar crucial para entender el desarrollo del arte dramático afro. De hecho, entre las investigaciones de Lewis, Cordones-Cook y lo revisado en el periódico La Vanguardia y en la revista Nuestra Raza, es posible contabilizar nueve piezas teatrales entre 1912 y 1937,[16] de las cuales al parecer no todas fueron publicadas,[17] pero sí muchas de ellas circularon de manera impresa, mientras que otras fueron montadas.[18]

El teatro de Gares se caracterizó por su contenido racial, dando cuenta en muchas de sus obras de los problemas a los que se enfrentaban sus conrazáneos en distintos espacios de la sociedad de su época. Sin duda que la más comentada de sus obras ha sido El camino de la redención, estrenada en 1935, muy referida en la prensa y exitosa entre el público al punto de reestrenarse en 1936. Según Lewis y Cordones-Cook, de ella se tiene vestigio material, cuya copia guarda su familia.[19]

Para Lewis, en esta pieza «La etnicidad, la estructura de clases, la economía y el racismo son puestos en relieve en esta mirada a la familia negra que lucha por progresar en la sociedad uruguaya».[20] Cordones-Cook enfatiza que esta obra no es «antagónica ni radical —nada más lejos del espíritu pacifista y contemporizador de Gares— sino de planteo de los prejuicios que existían tanto en una raza como en la otra. Gares, un idealista socialista, intentó dramatizar la aspiración utópica de una nueva sociedad libre de trabas y convencionalismos».[21] Ambos investigadores coinciden en que esta obra plantea el problema, pero no la solución, pues no era el ánimo de Gares polemizar, sino dar cuenta de la situación de desigualdad que los afectaba. Propósito no menor en un contexto en el que las diferencias raciales no eran cuestionadas,[22] por lo que ponerlas a disposición del público afrouruguayo de entonces constituía una manera de generar conciencia sobre este problema social.

Las interpretaciones que estos investigadores nos entregan, permiten aproximarse a las estrategias discursivas empleadas por Gares en los distintos soportes escritos de los que se valió para poner el tema de la discriminación racial en la sociedad uruguaya. En los textos que escribió en la prensa de la época, si bien tampoco desplegó un discurso confrontacional, sí fueron más tenaces sus palabras cuando estas se dirigían a los de su colectividad. En general, las columnas de Gares apuntaron principal, aunque no exclusivamente, hacia sus conrazanéos, a los que quería despercudir de la apatía intelectual y organizativa que él observaba, con el objetivo de movilizar reflexiones críticas de su situación, a la vez que conminarlos a la acción colectiva y comprometida.

Los escritos en prensa de Gares se concentran en el periódico La Vanguardia, entre 1928 y 1929, y en la revista Nuestra Raza, entre 1933 y 1938, publicando más de medio centenar de columnas y ensayos breves, la mayoría de ellos bajo el pseudónimo de Nagel. Ambos impresos fueron espacios colectivos que agruparon a la juventud letrada e intelectual y culturalmente inquieta de la época, convirtiéndose en referentes del movimiento racial que entonces se gestaba. La Vanguardia, órgano defensor de los intereses de la raza negra fue un periódico de corta duración, con tan solo veintinueve números, que fueron desde el 15 de enero de 1928 hasta el 15 de marzo de 1929, con dos entregas mensuales. En esta publicación, dirigida por el Dr. Salvador Beterbide, uno de los primeros y pocos abogados afrouruguayos de la época, Gares comenzó como secretario de redacción para pasar a compartir la dirección del periódico junto a Beterbide desde el número 4. El propósito de este impreso, como lo indica su primer editorial titulado «Ha llegado la hora», fue volver a poner en la opinión pública la voz de los afrouruguayos, después de varios años de inactividad: «lo que parecía aplastado por el peso de la indiferencia de muchos, de muchísimos años ahogados entre los brazos viscosos del egoísmo, la discordia o la apatía, no había muerto, no podía morir».[23] Gares asumió también la tarea de escribir desde la primera entrega, para tomar de manera más estable la columna «Apuntes de mi cartera» desde el número 7 en adelante, publicando más de treinta textos, incluyendo algunos literarios. Como muchos otros proyectos, este periódico terminó repentinamente, sin que los lectores pudieran advertir previamente su fin. Años más tarde, en una entrevista dada por Beterbide a Nuestra Raza, se refirió a esta experiencia, señalando que su «financiación se logró por una magnífica conjunción de buenas voluntades, y que desgraciadamente debió de sucumbir, digámoslo francamente, por el acuerdo de suspicacias, rencillas cuasi infantiles y deslealtades».[24]

Nuestra raza, órgano de la colectividad de color, fue un proyecto de mucho más largo aliento, transformándose en una de las revistas afro de mayor duración y trascendencia a nivel nacional y continental. En primera instancia, este proyecto surgió en San Carlos en 1917, de la mano de los hermanos María Esperanza, Ventura y Pilar Barrios —uno de los poetas afrouruguayos más importantes—, con un tiraje trimensual que se mantuvo entre el 10 de marzo de 1917 y el 31 de diciembre del mismo año. Surgió como un espacio de socialización de sus preocupaciones y quehaceres:

Creemos q’ en nuestro ambiente, decaído por causas q’ son del dominio de todos se hace necesario un periódico, de todos y para todos los componentes de la colectividad de color, para aunar voluntades y cooperar eficazmente en el gran esfuerzo en que se hayan empeñados nuestros centros sociales.[25]

En el editorial del último número, anuncian el cierre señalando la necesidad de dedicarse a otras actividades que no les dejaban tiempo para las labores periodísticas. Pero años más tarde, en agosto de 1933 cuando se retomó el proyecto en Montevideo, ya sin María Esperanza, quien había fallecido en 1931, se evidencian las verdaderas razones:

En aquel entonces, la lucha fue ardua y tenaz, no tanto por lo que significaba para nosotros el embarcarnos en las tareas del periodismo, sino por el medio en que habríamos de actuar, complicado y estrecho y que por lo mismo, requería el doble esfuerzo de voluntad y conocimientos […] Prometimos volver y aquí estamos. Y aunque lo hacemos desde otro escenario y en momentos de excepción, difíciles […] Volvemos […] con los mismos propósitos y los mismos anhelos siempre acariciando los altos ideales de engrandecimiento de nuestra colectividad.[26]

A partir de entonces, esta revista de publicación mensual siguió por quince años hasta septiembre de 1948, con 181 números, dejando abruptamente de publicarse, sin atisbos de un posible cese de actividades. Participaron en ella innumerables colaboradores y colaboradoras, como Elemo Cabral, Lino Suárez Peña, Carlos Cardozo Ferreira, Mario Rufino Méndez, Feliciano Barrios, Selva Escalada, entre otras y otros, desarrollando distintas secciones dedicadas a la literatura, teatro, actividades sociales, deportes, noticias internacionales, reportes del interior del país, todas siempre vinculadas o de interés para la colectividad. Aunque no fue su órgano oficial, Nuestra Raza también fue la plataforma de difusión de las ideas y propuestas del Partido Autóctono Negro.

Isabelino José Gares fue parte sustantiva de estos esfuerzos, desplegando en ellos no solo sus dotes de escritor, sino también sus preocupaciones sociales. Sus textos abordaron una diversidad de temáticas vinculadas a la historia de su colectividad en el Uruguay, a las dificultades cotidianas de sus conrazáneos, a la situación de la prensa afro, hasta la contingencia internacional; aunque existió continuidad en un aspecto: la falta de unidad de los afrouruguayos, que Gares denuncia una y otra vez y contra la cual luchó desde su trinchera.

Dentro de los temas nacionales a los que prestaron mucha atención los intelectuales negros/afrodescendientes, destaca la necesidad de instrucción, entendida como un mecanismo de superación social. Gares no estuvo ajeno a esta inquietud, la que en el caso uruguayo no pasaba por una demanda al Estado para proveer este derecho —Uruguay desde 1876 cuenta con educación primaria gratuita, obligatoria y laica— sino más bien por incentivar a la población afrodescendiente a enviar a sus hijos a las escuelas e incluso a que los adultos ingresaran a estas instituciones para su alfabetización; según Isabelino José: «nuestros congéneres necesitan ilustrarse por diversas circunstancias, fecundizar la conciencia es factor decisivo en la marcha evolutiva eminentemente de nuestra colectividad».[27] Gares reconoce como un complejo problema el analfabetismo entre la población afrodescendiente, sobre todo considerando la gratuidad de enseñanza, aunque comprende que existen otras barreras que impiden la instrucción. Casi diez años más tarde, publica una columna que también titula «Contra el analfabetismo», donde vuelve sobre el tema considerando esta vez los atávicos prejuicios a los que se ven enfrentados en la escuela:

Nos llena así el corazón de congoja cuando algún niño perteneciente a la raza negra tiene la desventura de encontrarse con una de esas «maestritas» que desprecian con desdén olímpico al niño según la pigmentación de la piel. Y busca cualquier pretexto para alejarlo de la clase o sistemáticamente le hará el vacío para así terminado el curso, el niño o la niña negra pasarán a la lista de los reprobados.[28]

La columna desliza una denuncia que, aunque no incluye la palabra racismo, apunta a exponer la experiencia de la discriminación racial en la sala de clases. Pese a ello, lo entiende como un costo o impedimento que hay que saber sortear para alcanzar un bien mayor: el cultivo de la mente y del espíritu.

Otro de los temas nacionales a los que Gares dio su tiempo y reflexión fue la reivindicación de Ansina en la historia nacional. Confundido muchas veces con Manuel Antonio Ledesma, Ansina o Joaquín Lenzina, encarnó la demanda por el reconocimiento de los aportes de los afrodescendientes a la gesta libertaria y la consecuente construcción de la nación[29]; dice Gares: «La raza negra del Uruguay ha hecho, con justiciero orgullo, de este humilde servidor, encarnación de su estirpe romántica, generosa y abnegada, su héroe y su símbolo» («La repatriación de los restos de Ansina», Nuestra Raza [Montevideo] marzo, 1937: 8). Como antes fue mencionado, Gares fue parte de la Asociación Ansina desde su creación en 1922; esta, como muchas otras agrupaciones a lo largo del siglo xx, se formó con la intención de visibilizar el rol de los afrodescendiente en la historia de su país. Cuando los restos de Ansina fueron repatriados en 1938 —con toda la polémica de si estos correspondían a él como trasfondo— el editorial de Nuestra Raza del mes de noviembre, muestra su molestia por la no invitación a la ceremonia, señalando:

Si nos causó sorpresa la noticia de la reimpatriación [sic], hubo de causarnos doble sorpresa el deliberado aislamiento, que de las esferas oficiales y desde las instituciones privadas se hicieron a los elementos e instituciones de la raza de Ansina, aislamiento que obedece a un propósito deliberado, pues tanto en las esferas oficiales como la Asociación Patriótica, no puede desconocerse la contribución del elemento negro en ese noble sentido.[30]

De Gares no se registran más publicaciones sobre el tema, pero los datos lo muestran como un precursor de las muchas acciones que desde entonces hasta ahora han hecho los afrouruguayos por el reconocimiento histórico de la labor de Ansina.

Sobre el rol de la prensa afro y las vicisitudes que ha tenido que enfrentar para tener una voz propia en el Uruguay, Gares se pronunció más de una vez, como lo hicieron casi todos los intelectuales de su época. Para este periodista, la prensa negra, como la denomina, es una más de las múltiples acciones colectivas que sus conrazáneos debiesen promover para su bienestar cultural; actividad que, sin embargo, parece no contar con el mismo apoyo que otras. En 1928, Gares se vio envuelto en una polémica al criticar en una columna los fines únicamente lucrativos de los centros sociales, los que «no han aportado, no aportan ni aportarán hasta un tiempo lejano […] ni un ápice ni un átomo vivificador para la gran ansiada armonía cultural» («Apuntes de mi cartera: como diversión basta», La Vanguardia [Montevideo] abril 30, 1928: 1). Esto causó molestia entre sus lectores, motivo por los que Gares en la columna del siguiente número se rectificó, señalando que sí han existido acciones sinceras para el desarrollo del colectivo, haciendo un repaso por algunos centros sociales y la prensa que los ha precedido,[31] como el Club 25 de agosto y El Ideal, o La Conservación, El Sol, La Propaganda, La Verdad.[32] Esta pequeña polémica da cuenta de dificultades que van más allá de lo económico para subsistir en el tiempo, y que tienen relación con el medio escrito nacional y con el esquivo apoyo de la misma colectividad para la cual publican.

Años más tarde, y desde el espacio de Nuestra Raza, Gares ratifica un periodismo comprometido con el engrandecimiento social del colectivo y una prensa alejada de las pretensiones capitalistas. Aunque en las columnas de Gares, así como en la prensa afro en general de los años treinta y cuarenta no hay un ánimo belicoso hacia la sociedad uruguaya, sí se deslizan algunas críticas. En una columna titulada «Nuestro periodismo», Gares establece una distancia de fondo entre la prensa hegemónica y la que él representa: «la prensa diaria de nuestro país ha vivido absorbida, sin duda, a la defensa enconada de sus ideologías políticas, y sin perder un ápice el voraz afán mercantilista que anima a toda empresa capitalista. Hoy a pesar de todo, justo es decirlo, se vislumbra un deseo de superación, desde la técnica hasta la propia ética periodística».[33] El periodismo del que se hace parte Gares alberga otras aspiraciones y se sustenta en intereses de orden colectivo: «El principio básico de nuestro periodismo es mantener latente la unidad del elemento, extender y fortalecer ese concepto de solidaridad racial conjuntamente con la propagación de las ideas y propósitos que han de coadyuvar a la elevación moral y cultural del medio ambiente» («Sugestión sobre la prédica», Nuestra Raza, [Montevideo] noviembre, 1933: 3).

Los ideales que Gares defiende tan enconadamente, parecen estar constantemente acosados. Alejandro Gortázar en su artículo sobre la pionera prensa afro a fines del siglo xix, señala que el

proceso de ampliación de los equipos letrados a fines del siglo xix no fue nada pacífico. La comunidad letrada, mayoritariamente blanca, rechazó la emergencia y la continuidad de estas publicaciones e incluso consideró exageradas las denuncias de discriminación. Pero los ataques no vinieron exclusivamente de los periódicos «blancos» sino también de la propia comunidad negra.[34]

Casi medio siglo después, estas tensiones persistían y Gares muestra plena conciencia de esa trayectoria:

El periodismo de nuestra colectividad no pudo dejar de sentir los factores adversos al desarrollo noble y elevado que ambicionaran sus idealistas directores y colaboradores. Bregó siempre por apartarse de la vulgaridad ambiente, difundiendo generosamente buenas lecturas y mejores ideas. Pero las circunstancias unas veces y otras no permitieron acelerar el ritmo: dos caminos habían abierto; uno, resignarse a vivir o desaparecer en la apacible y serena indiferencia, o el otro, aclimatarse —aunque también fuera su existencia efímera— a vivir una vida turbulenta de porfías y dejar en pos un semillero de odios.[35]

El diagnóstico desgarrador que hace Gares sobre la posibilidad de emergencia y subsistencia de estos proyectos letrados colectivos, que parecen destinados al aislamiento o fracaso, abren la pregunta por su perseverancia. Evidentemente, lo que se jugaba en el espacio letrado era la configuración de un nosotros dentro de la nación, pues como indica Gortázar, la intención de esta prensa «no consistió en el “separatismo” sino en la apropiación de los valores liberales y la representación de una “sociedad de color” minoritaria en el mundo “blanco” de la letra».[36] Cabe, entonces, la pregunta por el lugar que el periodismo de Gares y la prensa afro buscaba, es decir, si se pretendía disputar una posición en la esfera pública del Uruguay o bien, apostaron por la formación de un contrapúblico subalterno específico, para desde ahí buscar canales de diálogo con los sectores hegemónicos. De la reflexión de Gares sobre el periodismo y lo revisado en la prensa afrouruguaya de la época, pareciera ser lo segundo, en el sentido que Nancy Fraser le entrega a al concepto de contrapúblico subalterno: «espacios discursivos paralelos donde los miembros de los grupos sociales subordinados inventan y hacen circular contra-discursos, lo que a su vez les permite formular interpretaciones opuestas de sus identidades, intereses y necesidades».[37] Esto, porque el accionar y el discurso de la prensa afro apuntaron a abrir espacios para exponer y discutir sus preocupaciones colectivas, y para ello se valieron de los mecanismos y formatos ya existentes. El objetivo de estos esfuerzos fue, sin duda, despercudir a sus conrazáneos de la apatía y movilizarlos en pos de sus intereses, pero también de plantearles sus inquietudes a la sociedad uruguaya en general.

La búsqueda y creación de estos espacios diferenciados, según Fraser, son una consecuencia de la exclusión que sufren los sectores subordinados; sin embargo, su pretensión última no es aislarse:

el concepto del contra-público, a largo plazo, milita en contra del separatismo porque asume una orientación pública. En la medida en que estos espacios sean públicos, no serán, por definición, enclaves —lo que no equivale a negar que, a menudo, resulten involuntariamente aislados—. Después de todo, interactuar discursivamente como miembro de un público —subalterno o no— es aspirar a difundir el propio discurso en espacios cada vez más amplios.[38]

La aspiración a ser considerados y entrar en diálogos productivos, es un aspecto que en la revista Nuestra Raza puede comprobarse, pues a medida que se fue consolidando el proyecto, abrieron sus puertas a colaboradores que no pertenecían al colectivo, como Ildefonso Pereda Valdés o Alberto Britos, que en los años cuarenta participó con la columna «Libros y revistas» en la que comentaba y recomendaba publicaciones recientes.

La formación de un contrapúblico también se evidencia en los niveles en los que buscaron influir con estos proyectos colectivos: su localidad inmediata, la nación e incluso países vecinos. En la mencionada columna «Nuestro periodismo», Gares se refiere a los logros que han tenido, señalando:

Podemos decir ufanos que nuestro periodismo ha ido paulatinamente progresando. En el desarrollo de su acción eficaz ha dejado de ser localista llega ya a casi todos los pueblos de la república, como a varios puntos de los países limítrofes. Su prédica no se detiene en el estrecho límite local, sino esparce la mirada, altiva, hacia los cuatro vientos, buscando en los principios de la solidaridad, casi su razón de ser.[39]

Aunque resulta muy difícil medir la circulación de esta prensa, esta cita nos da algunos parámetros de la difusión material que tuvo; en el caso de Nuestra Raza, incluso es posible observar a lo largo de sus números, insertos de envíos e intercambios con revistas u organizaciones afro de diferentes lugares del continente que, si bien fueron puntuales, dan cuenta de redes más amplias (como con la revista Adelante, de Cuba). Esta cita, además, nos habla de una circulación que va más allá de lo material, para instalarse en otro nivel: el de la dimensión diaspórica.[40] La sección internacional que todo medio escrito incorpora, en la prensa afro y en particular en el caso de Nuestra Raza, es más intencionada, pues recoge noticias sobre otras comunidades afrodescendientes de la región, sobre el acontecer de África, la situación de tropas africanas o afrodescendiente en la Segunda Guerra Mundial, o casos de racismo, que refuerzan el interés específico por informarse de noticias que como colectivo les atañen, fortaleciendo con ese gesto una red diaspórica afro con la que se identifican.[41]

Esto permite revisar algunos temas internacionales a los que se les prestó atención y de los que Gares no se mantuvo ajeno. La comunidad afrodescendiente de Estados Unidos aparece constantemente referida en la prensa afrouruguaya; figuras históricas como Booker T. Washington y su proyecto educativo, del mundo del espectáculo como Joséphine Baker, o del ámbito del deporte, como el boxeador Joe Louis, tuvieron un espacio reservado. Sin embargo, los casos de linchamiento de la época movilizaron una larga reflexión sobre el recrudecimiento del racismo, particularmente el de los muchachos de Scottboro, al que la prensa le hizo seguimiento. Gares escribió varias columnas sobre los linchamientos, y de ellas se desprenden tres líneas de análisis. En primer lugar, Gares considera estos actos racistas como crímenes de lesa-humanidad, no solo por la reiteración y la falta de justicia en cada uno de ellos, sino sobre todo porque se transformaron en una suerte de espectáculo que miles de personas presenciaban sin perturbación alguna:

Espectáculos horripilantes que se desarrollan en calles céntricas, de estados civilizados y en pleno siglo xx, donde se lanzan dos o tres mil personas, convertidas en fieras famélicas de crimen y sedientas de sangre, sobre el cuerpo de ébano de un indefenso niño hombre, que aún quizá, no ha llegado al dintel de la pubertad! [42]

El desprecio por la vida y el enseñamiento con el cuerpo rememoran los tiempos de la esclavitud, por lo que no deja de ser relevante el calificativo de lesa-humanidad que Gares reclama para estos actos, casi un siglo antes de que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) reconociera la trata esclavista y sus consecuencias como un delito contra los derechos humanos.

Este goce que Gares enfatiza se conecta con una segunda reflexión: la barbarie de estos actos trastoca las bases civilizatorias de un país que a comienzos del siglo xx ya mostraba su avance y su poderío industrial y militar. La dicotomía civilización o barbarie que Domingo Faustino Sarmiento había pensado para América Latina y que ponía a Estados Unidos como ejemplo americano de lo primero, aparece rebatido por Gares, apoyándose en José Enrique Rodó y su visión calibanesca del gigante del norte: «Escenas espeluznantes que dan la pauta para poner en evidencia, el fondo del alma de un pueblo que desde su origen nebuloso, se ve alentado por el espíritu de Calibán».[43] Su reflexión pone en cuestión los valores de la sociedad estadounidense, pero sobre todo el discurso civilizatorio tantas veces negado a los pueblos y las personas africanas o afrodescendientes. De ahí que Gares no solo alimente su discurso de las corrientes de pensamiento de la época que criticaron a Estados Unidos, sino sobre todo de la contradicción que encarna la legitimidad de leyes racistas:

Se derrumba el barniz de la deslumbrante civilización y de la excelsa Democracia que ostenta vanidosa la sociedad de ese fastuoso país […] se cobijan bajo esa candorosa sombra, para hacer prevalecer así su llamado derecho de justicia, de equidad e inmiscuirse en la vida interior de los pueblos […] Y como una ignominia eterna, como una úlsera [sic] en la palpitante máscara de humanidad del mundo civilizado, acciona, indiferente e implacable la feroz ley de Lynch.[44]

Finalmente, y muy en la tónica de Gares, los hechos de linchamiento debían ser un aliciente para la acción y la solidaridad racial en la lucha contra el racismo que involucra a todos los descendientes de africanos y africanas. Una vez que se supo el resultado del fallo de Scottboro, Gares en su columna «Prosigamos la lucha» conminó:

Es necesario, más, es un deber insistir, hasta lograr —como dije en el artículo de Enero pasado, — que en todo Congreso que se realice en América del Sur, por lo menos, se levante un voz viril que denuncie los espeluznantes crímenes y vejámenes que se desarrollan en las cárceles, hospitales y calles de los pueblos de los Estados de la Unión contra hombres inocentes, trabajadores, que es su único delito, ser hijos de la abnegada y noble raza negra. Prosigamos la lucha; luchemos con entusiasmo por la unión de nuestros congéneres.[45]

El avance del fascismo en Europa también mantuvo la atención de la prensa afrouruguaya, particularmente la invasión de la Italia de Mussolini a la región de Abisinia en África. Aunque no es posible profundizar acá en el impacto que causó entre la población afrodescendiente en América la caída de Etiopía en 1935,[46] baste con señalar las influencias que esto dejó en el movimiento rastafari en Jamaica.[47] En la prensa afro de la época se puede seguir la pista a estos sucesos, que fueron acompañados de portadas,[48] largos reportajes, caricaturas y diversas acciones de la sociedad civil afrodescendiente, como el Comité de la Raza Negra contra la guerra y el fascismo que al alero de la revista Nuestra Raza, se conformó en 1935. Este comité se da a conocer en el número 28 de noviembre de ese año, titulando a toda plana: «¡Por la defensa de Abisinia!»

Aunque Gares no se pronunció tan frecuentemente sobre este hecho, cuyo desenlace ocurrió después de su muerte, igualmente dejó algunas reflexiones interesantes. Fue un crítico acérrimo de la labor de la Liga de las Naciones en este y otros conflictos, señalando abiertamente sus suspicacias respecto a los intereses que defendía este organismo. En 1934, y a propósito de la Guerra del Chaco, señaló: «La Liga de las Naciones debe mantenerse y defender celosamente porque así les convendrá, tal vez, a las grandes potencias, que con petulancia feudal, dicen, hacen y deshacen».[49] En 1936, vuelve a arremeter contra la Liga, luego del fin de la guerra en Etiopía y el inicio del estado colonial que instala la Italia de Mussolini. En un tono irónico, se pregunta:

¿Qué querían en el seno de la Sociedad de las Naciones los delegados de un país africano que goza de independencia hace más de 29 siglos, cuyo vasto imperio fue conquistado por las huestes <> fascistas, en una extensión de 350.000 millas cuadradas, ayudados por 400 aeroplanos que arrojaron, como si fueran perfumadas rosas, 1.500 toneladas de bombas explosivas y gases asfixiantes, sobre indefensos pueblos donde solo habitaban mujeres, ancianos y niños, y con «orquídeas» derrotaron y dispersaron las «tribus salvajes» de Haile Selassie? («Luz y sombra del panorama ginebrino», Nuestra Raza, [Montevideo] octubre, 1936: 4).

El cuestionamiento a la misión civilizadora del fascismo sobre los «salvajes» de África se une a la consternación de ver cómo el último territorio libre del continente caía en las garras del colonialismo europeo.[50] Esta lectura de los acontecimientos, que puso el acento en la apropiación indebida y violenta de Europa sobre África y en la continuación de las lógicas colonialistas por otros métodos —en una columna titulada «Sobre ciertas notas gráficas», Gares se refiere a la presencia europea en África como «la segunda faz de la dolorosa explotación de la esclavitud»—,[51] es propia no solo de la prensa afrouruguaya, sino de la prensa afro del continente que estuvo vigente durante los años treinta y cuarenta.

El elemento diaspórico que subyace en el discurso que apela a una solidaridad con los africanos y los afrodescendientes de cualquier lugar, expone la compleja configuración del «nosotros» de este colectivo. En los textos que dejaron los intelectuales afrouruguayos es posible observar cómo el reconocimiento de los orígenes africanos busca articularse con la reivindicación por un lugar en la nación. Gares tiene uno de los pasajes más interesantes en este sentido en su breve ensayo «Los escritores y la raza negra». Este texto tiene el propósito de discutir las características asociadas a los afrodescendientes que algunos escritores uruguayos habían destacado.[52] Carlos Reyles, Justino Zavala Muniz y el por entonces cercano a varios intelectuales afro, Ildefonso Pereda Valdés, fueron los escogidos para rebatirles ideas como el atavismo, exotismo, asociación con la hechicería y la extemporaneidad de los juicios que despliegan en sus trabajos. En ese marco, Gares les reprocha su desconocimiento y señala:

En este país hace casi medio siglo que desaparecieron del ambiente los locales donde se bailaban el candombe, las naciones «Congo», «Banguelas» y los «Magí» de cuyos atávicos ritos y costumbres no han quedado rastros.

Esto no quiere decir en manera alguna, que desconozcamos o neguemos nuestro origen africano, del que orgullosos nos complacemos, sino, es que hemos ido avanzando al ritmo del progreso, prosperando en las diversas manifestaciones de la cultura de nuestro país.[53]

La afirmación del origen africano y el orgullo de esa cuna va inmediatamente acompañada de la ratificación de su pertenencia a la nación uruguaya, procesos que se intersectan en una reivindicación identitaria que Du Bois, pensando en el contexto de los afrodescendientes en Estados Unidos, llamó «doble conciencia». Esta configuración del «nosotros», mucho más compleja que una dualidad, implicaba la aceptación de una trayectoria dolorosa ligada a la trata esclavista, el colonialismo y su combate, sobre la que Gares ya había reflexionado pausadamente. Como ya fue mencionado, Gares ganó en 1930 un concurso literario con el ensayo «Contribución de la raza negra a la Democracia en América», en donde hace un recorrido histórico por la conquista y colonialismo en América, para finalmente afirmar el compromiso de la «raza negra» con la libertad del continente y la independencia de la nación uruguaya. En el marco del centenario, Gares señala en este ensayo que es causa de regocijo esa gesta, pues «es por la noble significación que tiene para nuestra colectividad, como uruguayos que nos enorgullecemos de serlo, y como componentes de una raza que obtuvo con esa emancipación el reconocimiento de los derechos de toda persona humana».[54]

A esta compleja articulación de la identidad de los afrouruguayos, se agrega otro factor, esta vez interno, que para Gares fue un aún más preocupante: la desunión del colectivo. Este fue un tema recurrente en la pluma de este intelectual y transversal a sus columnas en prensa, pues fueron continuas las referencias a la falta de fraternidad y las diferencias al interior de la colectividad, entendidas como un impedimento en la articulación de un movimiento racial más potente. Para Gares:

Las colectividades todas, cuando están fielmente constituidas, enlazadas por la unión, como una rama de hiedra, parecen más numerosas y sus elementos todos viven en la vida pletórica de entusiasmo, de goce, de satisfacción, de optimismo porque se agiganta la fuerza, hecha carne por el amor de los unos a los otros. Necesitamos de todos los elementos sin diferencia de sexo ni de edades porque la obra —aunque modesta— será obra de todos y para todos.[55]

Estas eran las expectativas cuando comenzó a colaborar en La Vanguardia, cuya publicación buscaba hacerse cargo, en parte, de «la nostalgia que producía nuestra desorganización social y la falta de una exteriorización ideológica, intelectual y cultural que interpretara si fuera posible ese sentir unánime colectivo, llenando en parte el insensible vacío».[56] Las esperanzas eran altas y estaban cargadas de una convicción que con el pasar de los años no decayó, pero sí fue más difícil de mantener.

Indicativo de esta situación fue el comienzo de sus colaboraciones años más tarde en la revista Nuestra Raza, cuya primera columna se tituló «Inquietud» y justamente apuntaba al desasosiego que le causaba la inacción de la juventud en un momento del país en que se requería tomar posiciones. Esta sensación de desánimo y el ímpetu por generar convicciones respecto a la importancia de la acción colectiva, lo llevaron a plantear la categoría de «solidaridad racial». Así titula su segunda columna, cuando retoma la sección «Apuntes de mi cartera», para lamentarse que esta no se sostenga en el tiempo y solo aparezca para grandes efemérides. Más adelante vuelve sobre ella, la que comprende de esta manera:

solidaridad racial. Lástima grande, que ese hidalgo concepto no se amplíe prácticamente, en las diversas manifestaciones de la acción cultural, sin duda alguna, huérfanas de todo apoyo colectivo. Con el pequeño esfuerzo de cada uno, puede llegarse a la realización de muchísimos anhelos de superación. Si bien hay un conglomerado de factores adversos, que debe de meditarse como un serio escollo para la acción conjunta de una obra colectiva, justo es no desmayar un ápice en nuestros entusiasmos y la fé en la acción; la lucha purifica el espíritu del hombre, como el crisol al temple del acero.[57]

Los constantes llamados a la colectividad para obtener su respaldo en proyectos como los de la prensa se basaban en la necesidad que ve Gares de difundir, discutir y consensuar ideas y propuestas para la acción. Por ser un convencido hombre de letras, para Gares los espacios de la prensa fueron también espacios de lucha, pues desde ahí debían pensarse los pasos a seguir: «En el calor de la lucha o de la acción, hay que reflexionar; de lo contrario, fácilmente caeremos en profundos errores de apreciación y llegaremos inconscientemente, a tergiversar nuestras propias ideas […] Nuestra aspiración es convencer con serenidad de ánimo; TRIUNFAR SIN VIOLENTAR».[58]

Es justamente por su convicción en la acción y pensamiento como una alianza indisociable que no resulta extraña su participación en el pan. A poco andar de la reactivación de la revista Nuestra Raza, varios integrantes de su equipo de redacción y de colaboración, como Rufino Méndez, Pilar Barrios y Sandalio del Puerto, se vincularon a este inédito proyecto político que comenzó sus actividades en 1936. Asume el liderazgo Salvador Beterbide, viejo conocido y amigo de Gares, quien declara: «Decididamente, creo que por primera vez, se encara el problema de organización de nuestra raza por caminos de lógica y caminos claros de lucha» («El deber de la hora», Nuestra Raza, [Montevideo] marzo, 1936: 4). A fines de 1936, Beterbide muere repentinamente, dejando el proyecto en marcha, con el objetivo de llevar candidatos propios para las próximas elecciones de diputados en 1938 y así obtener una mayor y más directa representatividad para la colectividad. Aunque, según señala Álvaro Gascue en una de las primeras investigaciones sobre el pan, no adhirieron a una doctrina ni ideología específica, su discurso giró en torno a tres ejes: la discriminación ocupacional, la unidad de intereses generales con los sectores más desposeídos y la representación parlamentaria.[59] Es por estos propósitos que sería injusto acusar a este partido de separatista o de buscar la exclusividad racial, pues albergaba una visión más amplia de la situación que afectaba a los afrouruguayos de entonces. Gares, sin ir más lejos, también compartió este enfoque, desde el cual resultaba difícil separar raza y clase: «La pavorosa crisis que azota al país, se agudiza en forma más cruel aún, en la clase obrera, sobre la que cae implacablemente, todo el agobiante peso de impuestos, explotación y agio. Es precisamente en esa falange de trabajadores, donde está el inmenso contingente de nuestros hermanos» («Desde el mirador», Nuestra Raza, [Montevideo] septiembre, 1934: 3).

Según Gascue, Gares fue un miembro activo del PAN, pudiendo comprobarse su participación en varias instancias como la reunión del comité central en enero de 1937 o la asamblea general de diciembre del mismo año. Sin ir más lejos, su compromiso se hace público cuando aparece en la portada del número 54 de Nuestra Raza de enero de 1938, como uno de los candidatos internos junto a Rufino Méndez.


Biblioteca Nacional de Uruguay

Para Gares esta iniciativa política suponía un paso lógico del movimiento racial y la obtención de un lugar en el ámbito donde se decide el destino de la nación. Un año antes de asumir su candidatura, así se refirió a este proyecto:

Si bien esta iniciativa sale del tranquilo cauce social para ir al febril terreno de la política, creemos con algún fundamento, este no tendrá el carácter rígido de la acepción estricta de la palabra, sino obedeciendo directrices impolutas de una vieja aspiración colectiva de obtener por nuestro propio aporte cívico al guarismo para la adquisición de una banca legislativa para un representante genuino de nuestra raza en los comicios próximos.[60]

A poco tiempo de haber asumido su candidatura interna, Gares renunció en marzo de 1938, señalando razones personales. En las elecciones de 1938, el PAN no logró sus objetivos, obteniendo tan solo 87 votos a nivel nacional, es decir, un 0,02 %. Estos estrepitosos resultados, mostraban una vez más la falta de apoyo del propio colectivo, contra la que Gares tanto luchó. En julio de ese año se publicó en Nuestra Raza su última columna «La revista negra», antes de morir, justo dos años más tarde, en julio de 1940.

Para algunos analistas tanto del PAN como de Nuestra Raza, el grupo de intelectuales que los conformó y del cual fue parte Isabelino José Gares, sin pertenecer a una élite propiamente tal, ambicionaron un proyecto colectivo que no tuvo el respaldo de su colectividad, ante la cual muchas veces se sintieron mal entendidos. Aunque no es posible acceder a las opiniones de sus lectores, se podría suponer que no fueron representativos de las demandas y necesidades de los afrouruguayos de la época. No obstante, el reclamo por el escaso apoyo y la falta de solidaridad racial que tanto ansiaba Gares, es posible rastrearlo en buena parte de la prensa afrouruguaya entre fines del siglo xix y la primera mitad del xx, por lo que esta fue el espacio que reveló las tensiones del colectivo. Un colectivo que pese a todos los conflictos tuvo logros importantes; de otro modo, no podría comprenderse la larga duración del PAN y de Nuestra Raza, en comparación a proyectos políticos y culturales similares en otras latitudes de la región.

Gares fue parte constitutiva de este grupo de intelectuales, por lo que sería injusto reconocerlo únicamente por su labor teatral. Sus textos en prensa dejaron huella de su pensamiento y de los motivos de su lucha, siempre reivindicativa de su colectivo. Esta labor intelectual la ha reconocido Lewis y previamente Jackson, quienes más han analizado su obra amplia; sin embargo, fueron sus propios contemporáneos quienes primeramente le dieron ese lugar: «Sus condiciones intelectuales las reconocí muy superiores; pero no soy la persona autorizada para emitir un juicio. Otros más autorizados podrán hacerlo. Pero, aunque no lo hicieran, ahí está su obra, sus artículos periodísticos, sus obras teatrales que hablan en forma más elocuente que lo que pudiera expresar mi pluma».[61] Esto señalaba Victorino Riveros en una de las varias columnas que se publicaron en Nuestra Raza posterior a su muerte, todos los años hasta 1945.

La partida de Gares se sumó a la de otros intelectuales, como Iris Cabral, Salvador Beterbide y Marcelino Bottaro, que mermaron al núcleo de Nuestra Raza y al movimiento racial de la época, que decae hacia fines de los años cuarenta. No obstante, para la posteridad se ha preservado parte de su legado en la que fue su última morada, la revista Nuestra Raza, cuyo equipo editorial así lo despidió: «Ante la desaparición de este gran enamorado de la causa santa de la reivindicación del negro, nos descubrimos respetuosamente y depositamos en su tumba la inmarcesible ofrenda del recuerdo, que vivirá perennemente en esta casa para quien fué consecuente colaborador».[62]

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Revistas y periódicos

La Propaganda [2.ª época, Montevideo, 1911-1912]

La Vanguardia [Montevideo, 1928-1929]

Nuestra Raza (1917)

Nuestra Raza (1933-1948)

Notas

[1] Este artículo presenta resultados del proyecto Fondecyt de Postdoctorado n.º 3180062 «Raza, nación y orígenes africanos. Los afrodescendientes de habla hispana y su participación en el campo intelectual latinoamericano durante la primera mitad del siglo xx», del cual soy la investigadora responsable.
[2] Por intelectuales o intelectualidad negra/afrodescendiente entiendo una categoría de analísis que, en términos generales, alude a sujetos que se reconocen como descendientes de africanos y africanas y desde ese lugar enunciativo elaboran discursos, ideas y conceptos bajo los códigos del sistema letrado, es decir, sujetos que escriben y publican sus textos participando de las dinámicas del campo intelectual, con el objetivo de legitimarse en él. Para una problematización mayor de esta categoría, ver María Elena Oliva, «Intelectuales afrodescendientes: apuntes para una genealogía en América Latina», Tabula Rasa, 27, 2017 45-65.
[3] Juan Francisco Manzano, autor cubano de una de las poquísimas autobiografías escritas por un esclavizado en la América de habla hispana, publicó en 1821 su primer poemario. Candelario Obeso, en Colombia, también fue un poeta, cuyos Cantos populares de mi tierra, publicó en 1877. En Uruguay, destaca la figura de Jacinto Ventura de Molina, quien publicó varios manuscritos y algunos poemas entre 1817 y 1837. Estos casos, a los que se suman unos pocos más, fueron bastante excepcionales.
[4] En las revistas y periódicos revisados, este témino aparece tanto en los textos de Gares, como en los de otros intelectuales de la época.
[5] En el período que identifico entre fines del siglo xix y la primera mitad del xx, la categoría de autoadscripción «negro» fue mucho más frecuente y utilizada por estos intelectuales. La categoría de autoadscripción «afrodescendiente» y sus derivados corresponde más a la segunda mitad del siglo xx en adelante, aun cuando hoy ambas se utilicen. Cabe mencionar una excepción: Juan Pablo Sojo en los años cuarenta sí utilizó el término «afrovenezolanos» como categoría de identidad.
[7] Durante el siglo xx en el continente americano se conocen cuatro partidos políticos negros/afrodescendientes: Partido de los Independientes de Color (1908, Cuba), Frente Negro Brasileño (1931, San Pablo, Brasil), Partido Autóctono Negro (1936, Uruguay), Black Panther Party (1966, EE.UU.).
[11] Entrevista con Jorge Bustamante realizada en Montevideo el 21 de septiembre de 2018. En el trabajo con las partidas de nacimiento, matrimonios y defunciones, Bustamante ha podido corroborar que Isabelino José Gares Pérez nació en 1896 y murió en 1940. Estos datos biográficos contrastan con lo señalado en algunas investigaciones. Britos en Antología de poetas negros uruguayos (Montevideo: Ediciones Mundo Afro, 1990) y Cordones-Cook en ¿Teatro negro uruguayo? (Montevideo: Graffiti, 1996), señalan 1936 como fecha de muerte, la que corresponde a su padre, Isabelino Enrique Gares Lasala, con quien suelen haber confusiones por el alcance del primer nombre y primer apellido. Lewis, en tanto, consigna su fecha de nacimiento como 1872, la que probablemente correspondió al natalicio de su padre.
[14] En una nota sobre su muerte se señala que desde hace un tiempo «sufría de una pertinaz dolencia que en los últimos días hizo crisis», sin entregar mayores detalles de su enfermadad, en «Ha desaparecido otro de nuestros ponderados escritores», Nuestra Raza, Nº 83, 1940, p. 5. La última publicación que se registra de Gares es «La revista negra» en la revista Nuestra Raza, Nº 59, 1938, 6.
[16] Almas que luchan (1912), El Carancho (1924), Los Tordos (1928), La confesión, comedia breve (1928), Mis blasones (1930), La suprema ley (1933), El camino de la redención (1935), La vorágine (1937), y Cuando se muere una flor (s/f).
[18] Almas que luchan fue montada y dirigida por Víctor Ocampo (Nuestra Raza, Montevideo, abril de 1935, 2), El Carancho fue montada y dirigida por Elías Barrios (Nuestra Raza, Montevideo, diciembre de 1933, 3), Los Tordos fue montada y dirigida por Ignacio Suárez, Nuestra Raza, Montevideo, abril de 1935, 2), El camino de la redención fue montada sin datos sobre la dirección (Nuestra Raza, Montevideo, octubre de 1935, 2-3).
[19] Lewis señala haber tenido acceso a esta obra (nota 14, capítulo 5), mientras que lo mismo señala Cordones Cook: «solamente su familia conserva un ejemplar junto con los manuscritos de las otras obras, todas escritas a mano, en papel amarillento y con tinta ya descolorida» (Cultura y literatura, 20).
[22] Es importante considerar que, a nivel mundial, se trata de una época en que la raza y las diferencias que suponía eran legitimadas científicamente por la comunidad del saber —racismo científico, eugenesia—, y también a nivel político y social —políticas migratorias, las discusiones sobre el mestizaje en América Latina—. Aunque hubo enfoques críticos, la categoría raza comenzó a ser fuertemente cuestionada luego del fin de la Segunda Guerra Mundial y de conocidas las consecuencias del holocausto judío. A nivel nacional, el contexto del Centenario fue acorde a los parámetros raciales y al ideal de blanquitud. Andrews señala que en el libro del Centenario de Uruguay, «publicación semi-oficial patrocinada por el Ministerio de Instrucción Pública» (Negros en la nación blanca, 16), se destacaban los varios logros del país, entre los cuales el investigador estadounidense cita «Puebla el Uruguay la raza blanca, en su totalidad de origen europeo […] la pequeña proporción de raza etiópica introducida al país por los conquistadores españoles, procedente del continente africano, a fin de establecer la esclavitud en estas tierras, disminuye visiblemente hasta el punto de constituir un porcentaje insignificante en la totalidad de la población» (17). Las palabras que se desprenden del libro del Centenario, no solo dan cuenta de la invisibilización de la población afrodescendiente, sino también de las problemáticas que ellos venían dando cuenta desde el siglo xix.
[29] Sobre la identidad y el rol de Ansina en la historia de Uruguay existe una discusión aún no zanjada. Para más información sobre esta controversia, revisar: Gortázar, Alejandro, «Ansina, ¿un héroe afro-uruguayo?», 123-132; Gortázar, Alejandro, «Del aullido a la escritura. Voces negras en el imaginario nacional», 189-263.
[31] Es importante señalar que hacia fines del siglo XIX no solo surgió una prensa afro, sino también organizaciones autónomas, como los clubes y sociedades, cuyo funcionamiento muchas veces fue de retroalimentación. Ver Andrews, «Afro-World…», 66-75, Rodríguez, Mbundo malungo, 56-63.
[40] La categoría diáspora africana o afrodiáspora es de reciente utilización entre la intelectualidad afrodescendiente en América Latina y el Caribe, aunque tiene larga data en Estados Unidos. esta ha comenzado a ser empleada con fuerza en la segunda mitad del siglo xx y muy asociado al desarrollo del movimiento afrolatinoamericano, como un hecho histórico y enfoque de análisis asociado a un conciencia histórica y política del proceso social, cultural y económico de la trata esclavista del que provienen. María Elena Oliva, Intelectuales afrodescendientes de habla hispana: debates y trayectorias en el siglo xx latinoamericano. Tesis para optar al grado de Doctor en Estudios Latinoamericanos, Santiago de Chile, 2016.
[41] Andrews, en su artículo «Afro-World: African-Diaspora Thought and Practice in Montevideo, Uruguay, 1830-2000», trabaja las redes afrodiaspóricas en las que Uruguay se ha insertado desde 1830 a la actualidad, destacando distintos períodos a través de diversas expresiones culturales, entre ellas la intelectual, enfatizando la labor de la revista Nuestra Raza.
[44] «Apuntes de mi cartera: en un Estado de los Estados Unidos de Norte América, acaban de aplicar la feroz e inaudita ley de Linch, La Vanguardia, Montevideo, 15 de setiembre de 1928, 1.
[46] La toma de Etiopía por parte de Italia comenzó en 1935 con una guerra que significó la salida al exilio de su monarca, Haile Selassie, quien se refugió en Londres. Solo 1941 y con la colaboracin británica, Selassie pudo recuperar el trono y regresar a su tierra.
[47] Para más información sobre la influencia de Selassie, Etiopía y los sucesos de 1935 en la población afrodescendiente, sobre todo en las zonas de habla inglesa de América, revisar: Horace Campbell, Rasta y resistencia: de Marcus Garvey a Walter Rodney (Santiago de Cuba: Editorial Oriente, 2016), M. G. Smith, Roy Augier, Rex Nettleford, Reporte sobre el Movimiento Rastafari en Kingston, Jamaica (Concepción: Cimarrón Subversiones, 2016).
[48] Un análisis sobre las portadas de la revista Nuestra Raza, con especial énfasis en este tema, se encuentra en el dossier especial de Cuaderno de Historia Nº 15, coordinado por Alicia Fernández Labeque.
[50] Como consecuencia del proceso de expansión imperalista que Europa desplegó hacia África desde la Conferencia de Berlín en 1885, a inicios de la Primera Guerra Mundial en 1914, todo el territorio africano ya se encontraba en manos de diferentes países europeos, a excepción de Liberia y Etiopía.
[52] Este texto ha sido citado y analizado por Richard Jackson, Black Writers in Latin America (usa: University of New Mexico Press, 1979), 93-111, como un ejemplo de oposición de estos intelectuales al negrismo. No comparto esta observación, no solo porque Gares en el texto no habla de negrismo o negristas, sino sobre todo porque el negrismo no puede simplificarse a una escritura de autorías blancas sobre temas de «negros». Una revisión de las antologías negristas permite evidenciar autores que se reconocen como negros y que desde ese lugar enunciativo desarrollaron un proyecto literario. Por lo demás, el negrismo es un concepto que desbordó los límites de la literatura, adquiriendo otros significados para los propios intelectuales negros. Para una discusión más amplia revisar María Elena Oliva, «Más acá de la negritud: negrismo y negredumbre como categorías de reconocimiento en la primera mitad del siglo xx latinoamericano», Revista CS, en prensa.
[59] Partido Autóctono Negro: un intento de organización política de la raza negra en el Uruguay (Montevideo, s/n, 1980).
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