CLAVES. REVISTA DE HISTORIA
VOL. 12, N.° 23 JULIO - DICIEMBRE 2026
ISSN 2393-6584 - MONTEVIDEO, URUGUAY
Pp. 1 - 4
Ezequiel Adamovsky
(2024)
La fiesta de los negros: Una
historia del antiguo carnaval
de Buenos Aires y su legado
en la cultura popular
Ciudad Autónoma de Buenos
Aires: Siglo XXI Editores
Argentina, 288 págs.
Juan Ignacio Barrera
1
Universidad Nacional de San Martín,
Argentina
DOI: https://doi.org/10.25032/crh.v12i23.2807
Ezequiel Adamovsky se ha consolidado en los últimos años como una de
las voces más inquietas y necesarias de la historiografía argentina
contemporánea. Su trayectoria, marcada por una voluntad de desglosar los
grandes relatos de la identidad nacional argentina -desde su ya clásico Historia
de la clase media a la disección del mbolo popular en El gaucho indómito-,
encuentra en este libro La fiesta de los negros un nuevo eslabón analítico. En esta
obra, el autor centra su mirada en la cultura popular del siglo XIX y siglo XX para
1
Juan Ignacio Barrera. Licenciado en Historia por la Universidad Nacional de San Martín
(UNSAM). Actualmente se encuentra finalizando la Maestría en Historia de la Escuela
Interdisciplinaria de Altos Estudios Sociales (EIDAES). Asimismo, es doctorando en Historia en
la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y becario del Consejo
Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) con sede en el Instituto de Historia
Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani (IHAYA) bajo la dirección del Dr. Gabriel Di
Meglio y la Dra. Magdalena Candioti. Es docente de Historia Rioplatense en la Escuela de
Humanidades de la UNSAM. Además, ha participado de diversos proyectos de investigación en
torno a las identidades y la participación política de los sectores populares rioplatenses. Forma
parte del Grupo de Historia Popular del IHAYA. https://orcid.org/0009-0004-1036-7145
EZEQUIEL ADAMOVSKY (2024). LA FIESTA DE LOS NEGROS
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abordar una de las omisiones más persistentes de las narrativas nacionales: la
presencia y la agencia de los afrodescendientes en la conformación de la
Argentina moderna. Para ello, el autor utiliza al carnaval como lente privilegiado,
capaz de leer desde aquel fenómeno problemáticas de alcance nacional y
transnacional.
Bajo esta mirada, la obra se aleja de la visión del carnaval como un simple
desahogo social, recuperando la agenda analítica de Mijaíl Bajtín, para
entenderlo como un objeto político y simbólico donde la festividad permitía la
suspensión de las jerarquías sociales. Para el caso de Buenos Aires, Adamovsky
rastrea cómo el carnaval funcionó como un constructor de un «nosotros festivo»
que, desde las capas más bajas de la sociedad, era capaz de definir lo propio y lo
ajeno, en tensión a categorías impuestas desde las elites y las clases dirigentes.
El libro se desarrolla a través de seis capítulos que trazan una genealogía
desde los orígenes coloniales hasta su masificación y posterior mutación en el
siglo XX. En el primer capítulo titulado «La gramática del carnaval» se analiza el
despliegue festivo desde el Virreinato del Río de la Plata hasta la época
republicana. Resulta de particular importancia el señalamiento del período
posterior a la caída de Juan Manuel de Rosas, debido a que el autor lo comprende
como un momento en donde el carnaval se volvió el espacio privilegiado para
exteriorizar las tensiones de una ciudad en plena transformación. A través de un
uso complejo de fuentes —que incluye estadística, música, crónicas,
documentación oficial e imágenes—, Adamovsky desglosa los diversos sentidos
de la fiesta vinculados al goce, la nivelación social y la ruptura de la hipocresía
cotidiana de los distintos sectores que conformaban la ciudad de Buenos Aires.
Este análisis se profundiza en los capítulos centrales del libro, en donde se
analiza el carnaval como un laboratorio de experimentación social. En el segundo
apartado, «Transgresiones y comunidades», se realiza un análisis micro de las
prácticas de los sujetos para comprender mo se gestionaron las fronteras de
clase, género y raza, viendo en la fiesta un espacio de mezcla capaz de
reconfigurar identidades. Esta línea cobra mayor volumen en el capítulo tercero,
«Blancos tiznados y negros reales», donde Adamovsky explora la disputa por la
personificación. El despliegue cuantitativo que el autor lleva a cabo es uno de los
JUAN IGNACIO BARRERA
FACULTAD DE HUMANIDADES Y CIENCIAS DE LA EDUCACIÓN, UNIVERSIDAD DE LA REPÚBLICA - 3 -
aportes más reveladores de su trabajo: entre 1865 y 1914 convivieron 95
agrupaciones de la comunidad negra frente a 24 de «falsos negros» y otras 127
con alguna evocación a la negritud. Esa masividad demuestra que la presencia
afro no era un residuo del pasado, sino un aspecto central del espacio público. El
capítulo concluye analizando el ocaso del carnaval candombero tras la
prohibición estatal de 1894, una medida que el autor inscribe en la presión por
homogeneizar a la población bajo el mito de la «Argentina blanca».
A partir de allí, el cuarto capítulo aborda un proceso fundamental para la
historia cultural argentina: la aparente desaparición de lo afrodescendiente y su
posterior reemergencia bajo nuevas formas. El autor sostiene que el declive de las
comparsas de tiznados no implila extinción del candombe, sino su desborde
hacia otros registros como el criollismo popular y la figura del gaucho rebelde
hacia fines del siglo XIX. La tesis que se sostiene es audaz: si bien no hubo una
migración lineal, la estética gauchesca ocupó el vacío simbólico de resistencia que
dejó el candombe, encontrando en el tango su espacio de reingreso definitivo. Así,
lo negro persistió en milongas y murgas, alimentando una «negritud popular»
que el peronismo retomaría décadas más tarde para tensionar los discursos
blanqueadores del Estado nacional.
En los capítulos finales se concentra el núcleo teórico y la intervención más
contundente del libro. En el capítulo cinco, Adamovsky se posiciona contra la
aplicación acrítica del modelo del blackface anglosajón para el caso rioplatense.
Mientras que el blackface minstrelsy era un género denigratorio en un contexto
de segregación, el autor propone que el tiznado local estuvo asociado a lo que
llama «afectividades positivas». Es justo señalar, no obstante, que esta tesis de
cierta «simpatía» hacia lo negro parece apoyarse en un corpus de fuentes que
podría contrastarse con las memorias de la época. Voces contemporáneas como
las de José Antonio Wilde o Vicente Quesada, si bien operan desde la nostalgia, a
menudo traslucen una mirada paternalista y una voluntad de orden que complica
la idea de una convivencia exenta de tensiones punitivas. A pesar de ello, el autor
logra demostrar que en Buenos Aires el apelativo de «negro» y los cambios de rol
en el carnaval construyeron un lazo social que diverge del camino segregacionista
de Estados Unidos, acercándose más al espejo montevideano, donde la estética
candombera fue potenciada y no prohibida. En el capítulo sexto, la discusión se
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expande hacia un enfoque transnacional y diacrónico, analizando cómo las
categorías de clase, mestizaje y etnogénesis operaron en la Argentina de la post-
abolición. Aunque el autor se detiene extensamente en la disputa teórica sobre el
blackface —lo que puede resultar denso para un lector no especializado—, dicho
esfuerzo resulta indispensable para fundamentar las construcciones conceptuales
que Adamovsky crea como «transpropiación cultural» y «máscara
sinecdóquica», que le permiten reflejar toda esta complejidad teórica que el
análisis de las fuentes le revela a partir de sus preguntas.
En última instancia, La fiesta de los negros pone de manifiesto que la
Argentina no se construyó a pesar de los afrodescendientes, sino con ellos, a
través de una filtración constante que resquebrajó el mito de la blanquitud. Una
de las grandes virtudes del libro reside en conectar un fenómeno micro, como el
carnaval, con problemas de mayor escala, como es el de la identidad y las disputas
hacia dentro de la conformación del Estado nacional. Asimismo, el autor nos
invita a descolonizar la mirada y el oído para entender que la identidad popular
argentina es el resultado de un «mestizaje desde abajo», donde lo negro no es un
mero elemento arqueológico, sino un pulso vital que sigue vigente en los sonidos
y afectos del presente. La obra es, sin lugar a dudas, una recomendación obligada
para quienes busquen comprender la política del goce popular y las tensiones que
subyacen a las narrativas nacionales. ◊